“Antes pensábamos que nuestro futuro estaba en las estrellas. Ahora sabemos que está en nuestros genes” James Watson, descubridor de la estructura y funcionamiento del ADN junto a Francis Crick, padres de la biología molecular.

Nuestra genética es aquella que nos indica el camino. Si le hacemos caso llegaremos al destino por la mejor ruta, pero si no la escuchamos podemos perdernos. En el total de nuestro código genético, tenemos multitud de genes, algunos de ellos activos y otros no. Que se pronuncien (activar) o se silencien (desactivar) dependerá de lo que hagas durante el trayecto. Esto se conoce como epigenética, es decir, la forma en la que se expresan nuestros genes, y trabaja añadiendo o removiendo componentes químicos a los genes y marcando cuáles deberían ser utilizados según los diferentes tipos de células.

Por poner un ejemplo de la fuerza de la epigenética, esta puede provocar incluso que hermanos gemelos monocigóticos (idénticos) sean muy diferentes entre ellos a pesar de compartir el mismo ADN. Es decir, tú y tu hermano gemelo al nacer compartís el 100% de vuestros genes, sin embargo, si tu hermano tiene una vida sedentaria y tú una activa, vuestros genes no se expresarán de la misma forma dando una apariencia física, social y emocional diferente, pudiendo hacer que tú vivas con una salud de hierro y tu hermano esté enfermo continuamente.

Esto nos hace diferentes, pero no mucho. Todos los Homo sapiens compartimos el 99.9% de nuestros genes, por lo que nos diferenciamos sólo en un 0.01%. Da igual el color de tu piel, da igual tu nacionalidad, da igual tu sexo, sólo un 0.01%. De hecho, sólo nos diferenciamos un 0.6% de los chimpancés y un 40% de un plátano.

“Si nuestro ADN fuese un libro tendría 262.000 páginas, de las cuales sólo se diferenciarían 500” Riccardo Sabatini (físico)

Por desgracia, no todos los genes cuando se expresan dan buenos resultados. Existen los que te ponen moreno (el POMC, el gen favorito de James Watson), los que te hacen tener el pelo rubio, otros para ser pelirrojo, otros para desarrollar un cáncer, diabetes… Será muy importante escuchar lo que nos dicen ya que, recuerda, que la manera en la que se expresen estos genes va a depender en gran medida de lo que hagas con sus indicaciones, del camino que sigas.

¿Qué nos dicen nuestros genes?

El concepto darwiniano de la evolución nos afirma que tanto animales como humanos, estamos diseñados para crecer y desarrollarnos bajo las condiciones a las cuales nuestros genes están adaptados con el fin último de dejar descendencia.

 

¿Cuáles son las condiciones a las que están adaptados nuestros genes?

La parte del genoma responsable de nuestra anatomía y fisiología básica ha permanecido relativamente invariable en los últimos 10.000 años (Cavalli-Sforza et al., 1994. Cordain et al., 1998). De hecho, el 95% de nuestra biología, y probablemente también algunas de nuestras conductas y comportamientos, fueron seleccionadas de manera natural durante el tiempo en que vivimos como cazadores-recolectores, y ahora esa biología, debido a la disparidad con el ambiente, se ha vuelto maladaptativa (Trevathan et al., 1999). Por lo tanto, la mayor parte del genoma se creó durante la época en que éramos cazadores-recolectores y ha permanecido invariable hasta el día de hoy (Cordain et al. 1998).

Consecuentemente, esto conduce a una disonancia entre nuestros genes de la edad de piedra y nuestras circunstancias de la Era del espacio, lo cual lleva en última instancia a la disrupción de complejos y antiquísimos sistemas de regulación homeostática (Eaton et al. 2002), resultando en las numerosas enfermedades que actualmente sufrimos, como hipertensión, diabetes, obesidad, dislipemias y ateroesclerosis, entre otras (Gerber & Crews, 1999).

 

¿Cuánto tiempo necesitan nuestros genes para adaptarse a una nueva situación?

En este momento es importante destacar la ley darwiniana de la evolución:

“Hay que permitirles tiempo y cambios no demasiado bruscos a nuestros genes para que puedan adaptarse”. Charles Darwin

Esto nos conduce a hablar de una presión selectiva, que son las condiciones que a largo plazo terminan por modificar los genes mediante mutaciones para poder adaptarse a esa nueva situación. Por ejemplo, el genero Homo surgió hace 2,5 millones de años a partir del Australopithecus, un gran herbívoro. En esta nueva etapa, como Homo habilis, compartíamos la sabana africana con otras especies, entre las que vamos a destacar los parantropos, otros grandes y fuertes herbívoros.

Debido a la competencia por la alimentación, los Homo habilis eligieron cambios en el estilo de vida para subsistir sin entrar en competencia con parantropos. El cambio fue que los Homo introdujeron carne. Esto provocó un gran cambio en nuestro sistema digestivo y consecuentemente en nuestro cerebro que tardó millones de años. Esta se conoce como la Teoría del tejido caro. Al dejar de tener que digerir tanta fibra vegetal nuestro intestino grueso fue disminuyendo de tamaño y al comenzar a ingerir proteína y grasa animal, comenzamos a tener un aporte energético mayor que nos permitió desarrollar un cerebro más potente que nos permitiera a posteriori crear la escritura, el lenguaje, herramientas, desarrollar creencias, emociones, pensamientos, cultura. Por esto nuestro cerebro está compuesto en un 60% de grasa.

Desde el neolítico hace 10.000 años, y más recientemente, gracias a la revolución industrial hace unos 200 años y posteriormente a la tecnológica hace unos 30, hemos vivido bajo una presión selectiva muy cambiante y durante poco tiempo para producir adaptaciones, con lo que hemos incumplido las dos normas de la ley darwiniana: dar tiempo y sufrir cambios poco a poco.

“Mantenemos nuestros genes de la edad de piedra bajo las circunstancias de la Era del espacio” Boyd Eaton

¿Qué ha cambiado en todo este tiempo?

Principalmente antes vivíamos en un ambiente de necesidad mientras que ahora estamos rodeados de abundancia. Esto hace que conceptos como hambre, sed, frío, calor, libido, curiosidad o miedo (estrés momentáneo) sean realmente desconocidos.

En la era paleolítica, el 95% del tiempo de nuestra evolución genética, pasábamos gran parte del día bajo el sol (calor) o bajo la lluvia (frio) y rodeados de naturaleza y de familiares y amigos (amistad, conexión). Si estabas sólo ante la intemperie o ante los depredadores, no ibas a durar mucho. Era necesario esta conexión con la naturaleza y las relaciones sociales para poder llevar a cabo nuestro fin último, dejar descendencia.

Comíamos todo lo que nos encontrábamos: carne, pescado, vísceras, huevos, frutas, raíces, miel, verduras, hortalizas, setas, insectos. No hacíamos pegas a nada, no podíamos elegir. En este aspecto podemos hablar de alimentación variada basada en alimentos naturales con proteína y grasa animal como factor principal (aunque la distribución de macronutrientes variaba según la zona y la disponibilidad de alimentos), bebíamos simplemente agua y pasábamos periodos largos de ayuno, ya que teníamos que cazar o carroñear para comer y esto era una acción difícil.

Teniendo en cuenta este último aspecto, para comer teníamos que hacer grandes desplazamientos a un ritmo moderado para buscar alguna presa y en el momento oportuno, realizar una acción a alta intensidad para darle caza. Por lo que teníamos un gran gasto energético a lo largo del día combinando esfuerzos de baja y alta intensidad. Además, cuando no hacía falta salir a cazar realizábamos actividades como arreglar chozas, levantar muros, fabricar herramientas… siempre estábamos activos. Gran diferencia con los Homo modernos.

Nuestros genes necesitan de todos estos aspectos para poder sobrevivir, y por ello desarrollaron “sensores” (receptores nucleares) que los detectan y nos recompensan si se los ofrecemos. En los últimos años se han hecho estudios muy interesantes sobre entrenamientos o actividad física que siguen estas pautas con resultados muy positivos frente a las enfermedades que nos frecuentan en la actualidad. Ocurre exactamente lo mismo si mantenemos una dieta basada en alimentos naturales alejada de productos modernos como azúcares, lácteos o cereales y alimentos procesados, si hacemos algún ayuno estratégico de vez en cuando, si nos exponemos al sol, si ofrecemos a nuestro termostato interno (el hipotálamo) diferentes temperaturas, si nos relacionamos con la gente y, por supuesto, si realizamos la acción para llevar a cabo nuestro fin último, la descendencia.

Con la llegada del neolítico hace 10.000 años hemos sufrido tantos cambios y tan rápidos que la presión selectiva no tuvo tiempo a producir mutaciones para adaptarnos. Es decir, seguimos con un genotipo neolítico en la era espacial. El cambio más importante fue el de la caza por el cultivo. Esto produjo una gran modificación a nivel energético volviéndonos más sedentarios y con una menor variabilidad de comida orientada a los cereales y al monocultivo, conduciéndonos a:

  • Caries
  • 8-15cm de altura menos
  • Pérdida masa muscular importante
  • Resistencia a la insulina
  • Resistencia a la leptina
  • Carencia de nutrientes esenciales
  • Problemas digestivos altos y bajos
  • Reducción años de vida

El progreso no fue hacia mejor en este sentido. Actualmente, nos “alimentamos” a base de comida rápida y procesada sin ofrecer mucha variedad, somos sedentarios, pasamos la mayor parte del día en espacios interiores y relacionándonos con el ordenador, móvil o Tablet, perdiendo el contacto con el sol, con la naturaleza y con nuestros familiares y amigos. A mayores hay que sumarle la continua exposición ante el estrés y tóxicos, muy relacionados con las enfermedades más comunes en la actualidad. Nuestros genes ven el peligro y nos alertan con dolor y enfermedad. El dolor es una alerta de peligro que tu cerebro emite para que hagas algo al respecto, no para que te quedes quieto y sigas haciendo siempre lo mismo.

Reflexión

Vemos como el comportamiento natural de las personas, aquellas conductas que nuestros genes han vivenciado durante el 99.9% de su vida, ha cambiado rotundamente desde la revolución industrial, ofreciéndonos un muy corto plazo para promover cambios en nuestro genoma y adaptarnos a la nueva situación. Basándonos en la visión de Darwin, no sobrevive ni el más fuerte ni el más inteligente sino el más adaptable al cambio, ¿puede ser esta inadaptación la que reduzca nuestra calidad de vida? Evidentemente sí. ¿Debemos volver a la sabana? No.

Los extremos nunca son buenos. Un paciente me recordó esto la semana pasada: la dosis hace el veneno. Mojar el dedo en lejía y meterlo en la boca no mata, pero beberse una botella de lejía sí. La clave está en equilibrar la balanza. Basta en incorporar un poco más de aquello que nuestros genes nos piden:

  1. Alimentación variada y basada en alimentos naturales.
  2. Introducir algún ayuno estratégico.
  3. Actividad física moderada intercalada con actividades de alta intensidad.
  4. Más contacto físico.
  5. Más naturaleza.
  6. Aprovechar los beneficios del sol.
  7. Soportar cambios de temperatura.
  8. Aprender a gestionar el estrés (tarea complicada en la actualidad)