Bienvenidos de nuevo al apasionante mundo del “estrés”, que como ya sabrás tras leer la primera parte de este post, nos referimos a los mecanismos fisiológicos que se ponen en marcha en nuestro organismo ante situaciones de emergencia. Si no lo has leído todavía aquí te dejamos el enlace: http://massalud.eu/en-clave-de-estres-parte-i/

 

En esta segunda parte vamos a describir los diferentes tipos de estrés que ya mencionamos en la primera parte. Además profundizaremos en algunas de las consecuencias que tienen para nuestra salud estas respuestas fisiológicas, especialmente si se mantienen en el tiempo.

 

Iniciemos con el estrés homeostático. Este tipo de respuestas surgen cuando existe una amenaza a la composición de nuestro medio interno y al mantenimiento de los gradientes que están presentes en nuestro cuerpo y son esenciales para la vida. Dicho de otra forma son los mecanismos que utiliza nuestro organismo para que las cosas cambien lo menos posible y se mantenga en valores adecuados para la vida.

 

 

Existen múltiples situaciones en la que nuestro cuerpo puede emplear respuestas de este tipo, como el exceso o defecto de ciertos productos derivados de la alimentación tales como la glucosa, ácido úrico, colesterol,….

 

De todos ellos nos quedaremos con la glucosa, y concretamente pensemos lo que pasará ante un atracón de azúcar. La glucosa llegará a nuestra sangre en grandes cantidades, superando ampliamente los valores ideales para nuestro bienestar, algo que se detecta de inmediato y pone en marcha al páncreas que vierte en la sangre la cantidad necesaria de insulina. Esta hormona se encargará de llevar la glucosa a las células del cuerpo, almacenarla como glucógenos en hígado y músculos, y también de permitir que esta glucosa se transforme en grasa, llenando así nuestros depósitos de energía…y cogiendo algún kilo de más.

 

 

En el caso de nuestros antepasados, estos atracones (de miel o frutas) les ayudarían a recargar sus energías y prepararlos para una posible época de hambruna, con lo cual todas estas reservas se irían consumiendo poco a poco. Pero resulta que no es nuestro caso, los atracones (de pan, galletas, chocolate,…) irán seguidos de otra comida en pocas horas, a lo que añadimos el no tener la necesidad de movernos para conseguir tal recompensa.

 

La continua ingesta de alimentos ricos en glucosa, provoca continuas respuestas de estrés en nuestro cuerpo. Esta situación mantenida en el tiempo provocará la fatiga de los sistemas de control, produciendo entre otras cosas que las células de nuestro cuerpo se vuelvan resistentes a la insulina, es decir por mucha insulina que el páncreas vierta en la sangre, la glucosa no entra en las células quedando en grandes cantidades en sangre, pudiendo ser el inicio de una diabetes. Otras posibles consecuencias de la resistencia a la insulina son el hígado graso o el ovario poliquístico, pues tanto hígado como ovario son dos estructuras en las que se podrá seguir almacenando esa glucosa al no volverse nunca resistentes.

 

 

Continuemos ahora con el estrés alostático. Podemos definirlo como el conjunto de mecanismos que permiten a cualquier ser vivo adaptarse beneficiosamente ante diversas circunstancias perturbadoras, estresantes o letales. Por decirlo de otra forma el cuerpo trata de ser más flexible, pudiendo modificar algún valor del medio interno para mantener la situación de bienestar.

 

Un buen ejemplo de este tipo de respuestas son las situaciones de ayuno prolongado donde el cuerpo reduce el gasto metabólico para tratar de no malgastar la energía que le queda. Esto lo hace reduciendo, entre otras, la frecuencia cardíaca y respiratoria, pero también inhibiendo los mecanismos asociados a la reproducción que generan un gran gasto energético. Por tanto será difícil reproducirse si nuestro cuerpo está bajo un estrés, pues lo primero para nuestro organismo es nuestra supervivencia.

 

 

Existe otra situación en la que se activan también estos mecanismos de alostásis, y es en casos de abundancia de alimento. Algo poco habitual para nuestros antepasados del paleolítico pero muy frecuente en el siglo XXI. La abundancia de alimentos implica la ingesta de grandes cantidades de comida, que como vimos anteriormente nuestro cuerpo por medio de mecanismos homeostáticos convierte en grasa, y es esta misma grasa (los adipocitos mejor dicho), la que genera una hormona con el mensaje de saciedad, la leptina.

 

 

En el pasado era habitual que por un mecanismo alostático, nuestro cuerpo produjese una resistencia a esta leptina para poder seguir comiendo y así acumular energía si la situación lo requería (producía una modificación temporal para adaptarse a una situación estresante).

 

Lo que para nuestros antepasados era beneficioso, se ha convertido en algo negativo en la sociedad actual, ya que este mecanismo alostático de resistencia a la leptina se produce tras largos períodos en los que el cuerpo presenta altos niveles de esta hormona en sangre. Produciéndose así algo muy similar a la resistencia a la insulina, pues se fatigan los receptores de leptina y por lo tanto desaparece la sensación de saciedad.

 

 

La persistencia de esta situación dará lugar a mayores ingestas de alimento y a la acumulación de grandes cantidades de grasa corporal. Todo esto no lleva al aumento de personas con sobrepeso, obesidad y todo lo que conlleva, enfermedades cardiovasculares, diabetes o hipertensión arterial.

 

Por lo tanto vemos como la resistencia a la insulina y la resistencia a la leptina, son consecuencia de un estrés sobre nuestro medio interno que se mantienen durante un largo período. Vemos también su relación entre otras con la diabetes, la obesidad o la aterosclerosis.

 

Por último, pero no menos importante, hablaremos del estrés pantostático (término empleado por José Enrique Campillo, autor de “El mono estresado”) o global. Lo podemos definir como el conjunto de mecanismos que se activan cuando un ser vivo está expuesto a situaciones que ponen en grave riesgo la supervivencia del individuo y/o de la especie.

 

 

Las causas de este tipo de estrés para nuestros ancestros del paleolítico serían ataques de depredadores, lesiones graves, problemas dentro de la tribu,… En la actualidad las causas son diferentes pero continuando poniendo en riesgo la supervivencia del individuo o de la especie. Pueden ser muy variadas, como por ejemplo vivir en un vencindario peligroso, la muerte de un ser querido, la posibilidad de perder el trabajo o el aislamiento social.

 

 

Pero además, como ya hablamos en la primera parte del post está nuestro increíble cerebro, que nos puede generar la misma respuesta de estrés con sólo rememorar algún suceso o pensar en la posibilidad de que suceda. A quien no se le han llenado los ojos de lágrimas al pensar en un ser querido que ya no está con nosotros? Pues eso también es estrés o al menos nuestro cuerpo lo gestiona de la misma forma.

 

 

Una vez más, si volvemos a “En clave de estrés: parte I”, podemos recordar que en casos de supervivencia nuestro cuerpo activa el sistema nervioso simpático para responder de forma rápida y aumenta los niveles de cortisol que tiene unos efectos más lentos y sostenido.

 

Estos mediadores de la respuesta de estrés actúan sobre una serie de órganos, activando múltiples mecanismos de los que podemos destacar:

 

  • Activa el sistema muscular
  • Activa el sistema cardiocirculatorio, el respiratorio y el metabolismo (aumento de oxígeno y energía)
  • Activar el sistema inmune y los mecanismos de inhibición del dolor
  • Inhibir las actividades fisiológicas no indispensables (reproducción o digestión)
  • Fijar el suceso en áreas del cerebro para almacenarlo como experiencia a largo plazo

 

 

La acumulación de estos mediadores del estrés en la sangre produce efectos sobre nuestro organismo, por ejemplo la persistencia de niveles altos de cortisol en sangre disminuye la actividad del sistema inmune, o el aumento de adrenalina (la cual interviene en la activación del sistema nervioso simpático) produce un aumento de la frecuencia cardíaca.

 

Como podemos imaginar por todo lo aprendido, si la respuesta al estrés causa estos cambios, la persistencia de las mismas a lo largo de semanas, meses o años no pueden tener consecuencias positivas para nuestra salud. Existen multitud de estudios que asocian el estrés global o pantostático con el síndrome metabólico (obesidad, diabetes, hipertensión, dislipemia, estrés oxidativo,…), aterosclerosis, hipertensión, disminución de las defensas, envejecimiento prematuro, alteraciones cerebrales o con dolores crónicos.

 

 

Bueno creo que leer todo esto y tratar de ver como esto se refleja en nuestras vidas ya es suficiente estrés para un buen rato, así que lo vamos a dejar aquí.

 

Como seguro que os habéis quedado con ganas de profundizar en algún aspecto relacionado con el estrés, os dejo un par de libros que os pueden ayudar a seguir indagando.

 

– “El mono estresado” de Jose Enrique Campillo Álvarez, asequible a todo el mundo que tenga interés

– “¿Porqué las cebras no tienen úlceras?” de Robert M. Sapolsky, un libro mucho más técnico y con mucha fisiología.

 

Gracias y hasta la próxima!!